Escuchar para el resumen


Estamos cerca de que comience el verano y, por primera vez en dos décadas, apenas he dedicado tiempo a mi selección manual de canciones favoritas.

Por entonces, las redes no se llenaban en diciembre de los resúmenes anuales de cada uno de nosotros: minutos, artistas y el género que nos define. Hoy todos lo compartimos con una mezcla de orgullo y disculpa, como quien enseña algo íntimo que en realidad deseamos mostrar.

Lo curioso no es que airemos nuestro gusto, sino que ya no lo contamos nosotros. Antes, si querías explicar qué música te importaba, lo narrabas: esta canción del verano aquel, este disco en la época mala. Ahora el relato viene hecho. El algoritmo te dice quién eres musicalmente y tú lo reenvías. Delegando la narración del propio gusto.

Y hay una vuelta de tuerca que me ronda. Si sé que en diciembre habrá un resumen, ¿no empiezo, sin querer, a escuchar un poco para el resumen? A vigilar de reojo qué estoy alimentando, a evitar la canción que estropearía las estadísticas. De ser así, el consumo deja de ser privado no solo al final, cuando se publica, sino durante todo el año, cuando escucho ya pensando en cómo quedará ese resumen.

Como si no solo compartiéramos lo que escuchamos; escuchamos, un poco, para compartirlo.