El chiste que no quiere hacer gracia


Llevo un tiempo viendo memes que no entiendo. No me refiero a que no les pille la referencia: es que no hay nada que pillar. Un número, una palabra repetida, una imagen sin pie ni cabeza que mucha gente celebra como si fuera lo más gracioso del mundo.

Durante un rato pensé que me hacía mayor. Luego caí en que el problema no era yo: es que ese humor no busca hacer gracia. Busca otra cosa.

El chiste de toda la vida quería incluir: contabas algo y quien lo entendía se reía contigo. Este humor nuevo funciona al revés. No comunica, filtra. Su gracia no está en el contenido —no hay contenido—, sino en haber estado ahí cuando surgió, en pertenecer al grupo que lo comparte sin necesidad de explicarlo. Entenderlo no es el premio; el premio es no necesitar que te lo expliquen.

Es humor como contraseña. No te hace reír: te coloca dentro o fuera. Y por eso es inútil pedir que lo expliquen, igual que es inútil pedir la contraseña a quien no la tiene. Explicar el chiste sería destruir lo único que hace: marcar quién pertenece.