Ponle nombre y existirá
Tomatocore. Dovecore. Wellness brutalism. Cada semana aparece una estética nueva con su etiqueta, su paleta y su puñado de seguidores. Al principio suena a broma, y muchas lo son. Pero el mecanismo que hay detrás no es ninguna broma.
Antes el estilo venía primero y el nombre después: existía una manera de vestir, de decorar, de mirar, y en algún momento alguien la bautizaba. Ahora pasa al revés. Primero está el nombre —ocurrente, específico, compartible— y el nombre convoca la cosa. Basta con etiquetar para que aparezca gente que descubre que, sin saberlo, ya pertenecía a eso.
Lo que la etiqueta hace no es describir un estilo: es volver visible algo que ya hacías y que no tenía contorno. Le da bordes a una difusa manera de estar en el mundo, y al dárselos, la convierte en una identidad que puedes adoptar, mostrar, abandonar a la semana siguiente.
No adoptamos estilos. Adoptamos nombres que hacen visible, de golpe, lo que ya éramos sin tener cómo llamarlo. Y cuando algo tiene nombre, empieza a existir de una manera en que antes, sin él, no existía del todo.