Ni el mercado ni el corazón roto


Una columna defiende “el arte” frente a la máquina. En realidad defiende otras dos cosas —el mercado y una teoría romántica— y las confunde con él.

La columna de Jordi Labanda en El País, “Contra el arte automático”, resume su tesis con eficacia: un algoritmo no compone porque alguien le rompió el corazón un verano. Respondo al argumento, no al autor.

Sostengo que esa defensa del arte defiende, en realidad, dos cosas distintas. Una, el mercado del arte y del diseño —sometidos a reglas de mercado, no a la pregunta por el arte; su precariedad es un problema de trabajo, legítimo, pero no de arte—. Dos, una teoría romántica que define el arte por el sufrimiento del autor, y que confunde la modalidad históricamente dominante del arte con su condición necesaria. Cuando defines el arte por la interioridad, la pregunta por la máquina queda decidida por tautología.

Mi posición: el arte no se define ni por el precio ni por el dolor, sino por el excedente —lo que reorganiza un campo sin quedar absorbido por su función—. Por eso “la máquina no sufre” cambia de tema, igual que “la máquina no vende”. El arte es lo que ocurre cuando algo, viniera de donde viniera, reorganiza lo que creíamos posible.