La obsesión por el origen
EE. UU. cierra el caso Thaler aferrándose al autor humano. Europa mira otro sitio: el entrenamiento. Y ahí está la pregunta que importa.
El caso Thaler quedó cerrado en marzo de 2026: el Supremo de EE. UU. rehusó revisarlo y dejó en pie que sin autor humano no hay copyright. La lectura fácil es “la IA no puede ser autora”. La interesante es otra: el derecho resuelve por inercia de una categoría —el origen, el autor— que ya no describe lo que pasa. Protege la figura del origen porque no sabe gestionar procesos sin origen.
Europa mira otro sitio. El AI Act no se obsesiona con quién firma, sino con el entrenamiento: transparencia, resumen del contenido usado, reserva de derechos, y una resolución del Parlamento (marzo 2026) que pide trazabilidad y remuneración. EE. UU. pregunta quién es el autor; Europa pregunta qué se usó y quién debería cobrar. Del origen de la obra a la infraestructura del entrenamiento.
Y ahí está mi tesis: la IA no crea desde cero, reorganiza un excedente cultural que ya estaba. No rompe la autoría; revela que el origen nunca fue tan claro como fingíamos. La pregunta por el arte no es “¿quién lo creó?”, sino qué reorganiza y sobre qué infraestructura.