La lucha de las mujeres en irán y afganistán a través de los ojos de una artista

ByJuan A. EstebanSep 17, 2025

Hay luchas que no se entienden desde fuera si no se encarnan. La de las mujeres en Irán y Afganistán es una de ellas. No es una abstracción ni un relato lejano: es una experiencia cotidiana atravesada por el control, la violencia y la negación sistemática de derechos básicos. En Afganistán, tras el regreso de los talibanes, la vida de las mujeres ha quedado restringida hasta convertirse en una forma de invisibilidad impuesta: estudiar, trabajar o moverse libremente ha dejado de ser posible. En Irán, las protestas surgidas tras la muerte de Mahsa Amini evidenciaron que esa opresión no solo existe, sino que ha dejado de ser aceptada en silencio.

Pero algo ocurre cuando esa realidad pasa por el arte. Deja de ser solo denuncia y se convierte en presencia. No en representación de una causa, sino en la afirmación de una voz que no ha podido expresarse en otros espacios. Ahí es donde la mirada de una artista introduce un desplazamiento: no explica la lucha, la hace visible de otra manera.

El arte, en este contexto, no actúa como refugio ni como metáfora. Actúa como un gesto. Como una forma de ocupar un espacio que ha sido negado. Hay artistas afganas que han utilizado la calle, la fotografía o la performance para afirmar su existencia frente a un sistema que busca borrarlas. No se trata de estética, sino de presencia. De decir "estoy aquí" cuando todo está diseñado para que no lo estés.

Esa dimensión cambia también cómo miramos. Nos obliga a salir de la distancia cómoda desde la que solemos observar estos conflictos. Porque lo que aparece no es solo una situación política o social, sino una experiencia humana concreta, sostenida en el tiempo, atravesada por el miedo y, al mismo tiempo, por una determinación difícil de ignorar.

La lucha deja de ser un concepto y se vuelve reconocible. No como algo que sucede lejos, sino como algo que interpela directamente. Y en ese punto el arte cumple una función que no es menor: no resuelve, no sustituye, pero impide que esa realidad quede fuera de nuestra mirada.

Porque cuando una voz logra atravesar el ruido, no desaparece. Permanece. Y esa permanencia, en contextos donde todo empuja al silencio, ya es en sí misma una forma de resistencia.