La gran recesión
La preocupante deriva de la censura en el arte
No todas las crisis son económicas. Algunas afectan a algo más difícil de medir: la forma en que entendemos lo que hacemos y por qué lo hacemos.
Hablamos de recesión para referirnos a cifras, mercados, empleo, crecimiento. Pero hay otra que no aparece en los gráficos y que, sin embargo, lo atraviesa todo. Una recesión más silenciosa, más profunda, que tiene que ver con la pérdida de sentido y con la desconexión entre lo que producimos y lo que realmente necesitamos.
La llamada Gran Recesión de 2008 fue, en apariencia, una crisis financiera global provocada por desequilibrios estructurales, sobrevaloración de activos y fallos en la regulación del sistema. Pero reducirla a eso es quedarse en la superficie. Lo que reveló no fue solo un problema económico, sino un modelo sostenido sobre una lógica que ya no se sostenía.
Cuando el sistema falla, lo primero que se resiente no es la producción, sino la confianza. Y cuando la confianza se rompe, lo que queda es un vacío que intentamos llenar con más velocidad, más consumo, más ruido. Ese intento no resuelve nada. Solo desplaza el problema.
En ese contexto, el arte ocupa un lugar incómodo. No porque esté fuera de la crisis, sino porque la evidencia. Señala aquello que no encaja, aquello que no funciona, aquello que preferiríamos no mirar. No ofrece soluciones inmediatas ni respuestas cerradas, pero introduce algo imprescindible: distancia.
Esa distancia permite ver lo que, desde dentro, no se percibe. Permite cuestionar no solo las consecuencias, sino las causas. Y, sobre todo, permite recuperar algo que en tiempos de crisis se pierde con facilidad: la capacidad de pensar más allá de lo urgente.
Quizá por eso resulta tan fácil relegar el arte en estos contextos, considerarlo secundario, prescindible, incluso inútil. Pero esa lectura confunde función con valor. El arte no compite con la economía ni la sustituye. Opera en otro plano, uno que no produce bienes, sino comprensión.
Y es precisamente ahí donde adquiere relevancia. Cuando todo se mide en términos de rendimiento, crecimiento o eficiencia, lo que queda fuera de esa lógica se vuelve invisible. El arte devuelve visibilidad a aquello que no se puede cuantificar, pero que resulta esencial.
No corrige la crisis, pero la atraviesa. No la soluciona, pero la expone. Y en ese gesto, aunque no lo parezca, introduce una forma de resistencia.
Porque quizá la verdadera recesión no sea solo económica. Quizá tenga que ver con cómo hemos reducido la realidad a lo que puede medirse, olvidando todo lo demás.
Versión completa en https://juanesteban.art/la-gran-recesion/