Enfriar la sala, calentar el mundo


La sala perfecta del museo —veintiún grados, cincuenta por ciento de humedad, sin una fluctuación— fue durante décadas el ideal de la conservación. Lo que no solíamos contar es lo que cuesta, ni contra qué juega ese coste.

He escrito sobre una paradoja incómoda: mantener esa estabilidad consume mucha energía, esa energía calienta el planeta, y el planeta que se calienta es justo lo que amenaza al patrimonio. El aparato que cuida el arte ayuda a degradar las condiciones de su propia conservación. Y conservar contra el clima cuesta recursos que están repartidos de forma muy desigual: quien causó las emisiones puede permitirse conservar; quien sufre los daños, no siempre.



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