El resto que no cotiza


Si el mercado financiariza el arte y captura todo lo que toca, ¿qué queda fuera? Hay resto. Y no es un más allá místico: es perfectamente inmanente.

Los textos anteriores de mi serie sobre infraestructuras fueron críticos: cómo los sistemas digitales y culturales capturan, desplazan, homogeneizan y financiarizan. El último, El arte como activo, documentó cómo el mercado de gama alta opera ya bajo lógica financiera.

Queda una pregunta colgando. Si el aparato de validación está capturado, si el comprador es inversor y el objeto es activo, ¿qué es lo que el sistema no consigue tomar? He publicado en mi Cuaderno público un texto breve que sostiene que hay resto, y que ese resto no es esencia ni trascendencia, sino algo describible: el excedente estructural que la financiarización no puede convertir en activo sin dejar fuera precisamente aquello que hacía a la obra significativa.

El mercado toma el objeto, la firma, la procedencia, el certificado, la participación fraccionada. No puede tomar el acontecimiento: lo que ocurre cuando alguien se encuentra con la obra y algo en el campo de lo posible se reorganiza. El propietario tiene el objeto. El acontecimiento conserva su fuga.

No es que el arte trascienda el mercado. Es que el mercado, al apropiarse de la obra, toma todo lo que puede tomar y deja un resto que no cotiza porque es de otra naturaleza. No una grieta hacia arriba, hacia un cielo del arte. Una grieta lateral, hacia el campo de lo posible que ninguna transacción alcanza.

Sexto y último texto de la serie.