El efecto de sí mismo
¿Qué hace que una obra no solo nos parezca bella, sino que nos importe? La evidencia apunta a un mecanismo: la auto-relevancia. Y es lo que una máquina no puede replicar.
Una obra puede parecernos bella y dejarnos fríos. Otra, técnicamente menos lograda, puede partirnos en dos. ¿Qué marca la diferencia? He publicado en mi Cuaderno público el tercer texto de la línea NeuroArt, dedicado a esa pregunta.
La respuesta que la investigación reciente señala es la auto-relevancia: el grado en que una obra entra en relación con la memoria, la identidad y la historia del observador. No la forma, no la facilidad de procesamiento, no la novedad. Cuatro estudios marcan el estado de la cuestión —incluido un resultado nulo en música que pone una frontera saludable—, y convergen en algo prudente: la auto-relevancia explica las formas más intensas y memorables del juicio estético, aunque no necesariamente todas.
Lo decisivo para mi línea es la frontera maquínica. Si el peso vital descansa sobre la auto-relevancia, y la auto-relevancia es la relación de una obra con el sí mismo del observador, entonces un sistema que carece de sí mismo carece de aquello respecto de lo cual algo podría ser auto-relevante. No es una limitación técnica transitoria: es estructural. Una máquina puede predecir qué nos gustará mejor que nosotros mismos. No puede experimentar que algo le importe, porque no tiene desde dónde.