El cuerpo no es tradición: tolerancia cero con la mutilación genital femenina

ByJuan A. EstebanFeb 6, 2026

Hay prácticas que no admiten matices. La mutilación genital femenina es una de ellas. No es cultura, no es tradición, no es identidad: es violencia. Nombrarla de otra manera no la hace menos grave, solo la vuelve más difícil de confrontar.

Se practica sobre niñas, casi siempre antes de que puedan decidir. Se presenta como rito, como pertenencia, como preparación para la vida adulta. Pero lo que implica es otra cosa: la intervención deliberada sobre un cuerpo que no ha dado consentimiento, la alteración irreversible de su integridad, el control de su sexualidad desde fuera. No hay beneficio posible. Solo daño físico, psicológico y social.

Más de 230 millones de mujeres y niñas han sido sometidas a esta práctica en el mundo. No es un fenómeno aislado ni residual. Es una forma de violencia estructural sostenida por normas sociales profundamente arraigadas. Y precisamente por eso resulta incómoda: porque obliga a enfrentarse a la tensión entre respeto cultural y derechos humanos.

Pero ese conflicto es, en realidad, falso. No todo lo que se transmite merece ser preservado. No toda práctica heredada es defendible. Cuando una tradición implica daño, deja de ser tradición y pasa a ser imposición.

Aquí el lenguaje importa. Hablar de "costumbre" suaviza lo que es una agresión. Hablar de "identidad" oculta que lo que está en juego es el cuerpo de las mujeres. Y el cuerpo no es negociable. No pertenece a la comunidad, ni a la familia, ni a una estructura simbólica que lo utilice como soporte. Pertenece a quien lo habita.

El problema no es solo la práctica en sí, sino el marco que la sostiene: un sistema de creencias que legitima el control sobre el cuerpo femenino, que normaliza la intervención, que convierte la violencia en norma. Ese sistema no desaparece con una ley ni con una prohibición formal. Requiere algo más complejo: transformación cultural, educación, acompañamiento y, sobre todo, posicionamiento claro.

Ahí es donde la ambigüedad se vuelve peligrosa. Tolerar en nombre del respeto es, en realidad, permitir. Y permitir es sostener.

Tolerancia cero no es un eslogan. Es una posición. Implica no relativizar, no suavizar, no desplazar el problema. Implica reconocer que hay límites que no se negocian.

Y uno de ellos es este: ningún cuerpo puede ser intervenido, modificado o dañado en nombre de una tradición.